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Spider-man: un nuevo día

El héroe que necesita ser salvado

2026 Acción Aventura

Después de haber sacrificado su identidad para salvar el mundo, Peter Parker se encuentra sin familia, amigos ni un hogar al que volver. Spider-Man: Un nuevo día parte de esa herida para plantear una pregunta esencial: ¿qué queda de una persona cuando pierde todos los vínculos que daban sentido a su vida?  Peter ya no es el mismo sin sus amigos; extraña a MJ, a Ned y revive diariamente el recuerdo de su tía May. Por tanto, no importa cuán poderoso sea un héroe: sin afectos, sin pertenencia y sin alguien con quien compartir el camino, incluso salvar al mundo pierde sentido.

Es así que marcado por la tristeza, el héroe más querido de Marvel se convierte, paradójicamente, en un funcionario del Estado que combate el crimen cotidiano mientras intenta preservar su anonimato. Spider-Man deja de sentirse como el héroe excepcional impulsado únicamente por su vocación de ayudar para convertirse en una pieza más del engranaje gubernamental. El asombro que antes despertaba se desvanece. 

Tom Holland conserva intacta la esencia de Peter Parker. Incluso cuando está al borde de la muerte, su primera reacción sigue siendo proteger a los demás. Continúa siendo un héroe profundamente humano, compasivo, generoso, enamoradizo y sorprendentemente optimista. Esa actitud “cool” frente al peligro sigue siendo el hype de la película y el motivo por el que resulta imposible dejar de verla.

Chris McKenna y Erik Sommers elaboran, probablemente, el guion más personal de esta versión de Spider-Man ya que Peter no solo atraviesa un profundo vacío emocional, sino también una transformación física que acompaña su llegada a la adultez, del mismo modo que una araña muda de piel al crecer. Peter deja de ser un adolescente para asumir, por primera vez, el peso de ser el hombre araña. Su ADN se descontrola, sus sentidos se saturan y pierde el dominio de sí mismo. La metamorfosis deja de ser física para convertirse en existencial: crecer no consiste en abandonar quienes somos, sino en aprender a convivir con lo bueno y lo malo que habitan en nosotros, pues es esa tensión la que nos hace profundamente humanos.

Pero ¿qué ocurriría si pudiéramos eliminar nuestra parte más oscura? Para explorar esa pregunta, la película incorpora a Bruce Banner, cuya eterna lucha con Hulk funciona como un espejo del conflicto que atraviesa Peter. Banner solo consigue reinsertarse en la sociedad gracias a un dispositivo capaz de contener su violencia, como si la aceptación dependiera de domesticar aquello que lo hace diferente. Peter emprende el mismo camino: ambos intentan regular su maldad para encontrar un lugar en el mundo. Es así que el guion propone una reflexión sobre el precio de pertenecer a una sociedad que exige controlar nuestros impulsos más primitivos para ser aceptados.

También resulta estimulante el paralelismo entre Peter y Jean Grey, de los X-Men. Ambos son personajes devastados por la pérdida de sus seres queridos y enfrentan el riesgo de ser perseguidos por el simple hecho de poseer un poder extraordinario. A través de Jean, la película explora además el miedo a la manipulación mental: entrar en la mente de otra persona, controlar sus pensamientos y apropiarse de su voluntad adquiere aquí un tono inquietantemente contemporáneo, especialmente en una época en la que la inteligencia artificial y la intervención tecnológica sobre la conciencia forman parte de las discusiones cotidianas.

Sin embargo, la ambición del guion también termina jugando en su contra. Se abren demasiados temas que resolver en casi tres horas de película: el conflicto biológico de Peter, el arco de Jean, que termina dando un giro, los intereses del gobierno como representación del poder, V-Max, Frank Castle (The Punisher), el regreso de MJ y Ned y el recorrido de Scorpion, que termina diluyendo el conflicto principal. Todas estas líneas apuntan hacia una nueva etapa del Universo Cinematográfico de Marvel, más ambiciosa y adulta, pero en varios momentos compiten entre sí y hacen que Spider-Man pierda protagonismo.

El gran plus de la película es la química desbordante entre la pareja del momento, Tom Holland y Zendaya. Su complicidad traspasa la pantalla y potencia las escenas de mayor carga dramática, especialmente con el desgarrador «No te amo» de Zendaya, un momento climático dentro del mapa de ruta romántico de Peter que cambia por completo el rumbo de la historia y nos devuelve emocionalmente a los orígenes de Peter y MJ. Queda claro que incluso en una película de superhéroes, las heridas del amor pueden ser más profundas que cualquier batalla. 

Por otro lado, el nuevo director de la franquicia, Destin Daniel Cretton, comprende que Spider-Man debe sentirse, ante todo, como un espectáculo físico antes que digital. El prólogo, construido sobre un vibrante montaje musical, devuelve el placer de balancearse entre los rascacielos de Nueva York con una cámara subjetiva que desafía la gravedad y convierte cada salto en una experiencia vertiginosa. El vértigo no solo se contempla: se siente en el estómago. Desde esos primeros minutos, Cretton demuestra que la nueva era de Spider-Man está en las manos correctas.  

Paradójicamente, la película funciona mejor cuando no mira hacia el futuro de la franquicia, deja de obsesionarse con expandir el universo Marvel y vuelve la mirada hacia Peter Parker como un hombre que necesita de los demás para seguir adelante, ahí encuentra sus momentos más auténticos. Su verdadera batalla no consiste en derrotar villanos, sino en reconstruir los lazos que dan sentido a su existencia. Porque las conexiones humanas son el verdadero motor de su vida. La pregunta es inevitable: ¿quiénes seríamos sin ellas? Sin ellas, incluso Spider-Man no sabría por qué lleva la máscara.