Evil Dead Burn
Una descarga de violencia que no da tregua
Esta no es una película para todos. Si te gustan las películas que mantienen una tensión constante, esta no falla. Desde los primeros quince minutos de su prólogo deja claro que no concederá ningún respiro.
Evil Dead Burn comienza como el perverso retrato de una familia disfuncional para convertirse en una reflexión sobre la violencia de género. No es casual: el terror contemporáneo ha encontrado en la misoginia una de sus fuentes más poderosas de horror y también de impacto comercial, como lo demuestra Obsesión (2026), que se convirtió en un fenómeno de taquilla. En ambas, la masculinidad abusiva funciona como un tornado que arrasa con todo a su paso, abriendo la puerta al verdadero horror.
Escrita por Florent Bernard junto al propio director Sébastien Vaniček, la historia se sostiene principalmente en la acción. El mal funciona como una fuerza de muertos vivientes —al igual que en la película anterior—, por lo que el terror termina desplazándose hacia una fantasía de acción brutal.
La cámara en mano del director de fotografía Philippe Lozano construye una experiencia descontrolada y perturbadora, como ya había demostrado en MadS (2024). Sus whip pans, travellings cenitales y elaborados planos secuencia transforman la violencia en una coreografía de alto impacto donde el espectador queda atrapado dentro del caos.
Junto a Lozano y el montajista Maxime Caro, Vaniček construye una maquinaria de tensión permanente. Escasean las secuencias largas y, cuando aparecen, el montaje evita que pierdan intensidad. Los cortes constantes responden a una lógica contemporánea, cercana al consumo de imágenes breves donde la atención depende del cambio permanente de estímulos. Cada corte genera la necesidad de ver el siguiente plano.
La memorable cena familiar, desarrollada en un único ambiente, es el mejor ejemplo. Gracias al montaje, el espectador nunca encuentra paz. Un corcho a punto de explotar, un cuchillo girando sobre la mesa, los diálogos agresivos o el simple hecho de masticar la comida adquiere un poder amenazador.
El diseño sonoro completa la experiencia. Cada golpe, respiración, mordida y explosión de violencia sostiene una tensión constante. Incluso momentos que deberían ofrecer silencio, como un funeral, están atravesados por los sonidos de la construcción que continúan alrededor, creando una sensación de perturbación e incomodidad constante. Una decisión sencilla, pero efectiva, que parte desde el guion y demuestra cómo los sonidos de orden cotidiano pueden ser amenazantes de acuerdo al estado emocional de los personajes.
Sin embargo, cuando descubrimos que los poseídos buscan únicamente la daga, el relato se simplifica demasiado. La acción consigue ocultar esa debilidad durante buena parte del metraje, pero la amenaza pierde fuerza cuando recordamos que criaturas capaces de parecer omniscientes persiguen un objeto que podría estar guardado en un cajón.
Los poseídos resultan verdaderamente perturbadores, especialmente cuando aparece el padre, cuya interpretación sostiene varios de los momentos más inquietantes. Pero es inevitable compararla con Evil Dead (2013), escrita por Rodo Sayagues y Diablo Cody bajo la dirección de Fede Álvarez. Aquella entrega encontraba el horror en personajes poseídos cuya humanidad hacía más dolorosa la transformación. Aquí, en cambio, las criaturas se acercan más a una invasión zombi convencional.
Los efectos prácticos conservan toda la fisicidad y el horror visceral que han definido a la saga. La sangre, las heridas y las transformaciones poseen un peso material que los efectos digitales difícilmente consiguen replicar. Cuando aparece el CGI, el miedo se detiene para observar el artificio: sus texturas demasiado limpias rompen la atmósfera cruda, sucia, opresiva construida durante buena parte del metraje.
Hay películas que se recuerdan por su historia; otras, por sus monstruos o sus escenas memorables. Evil Dead en llamas será recordada por su montaje, su sonido y las escenas de acción que no dan tregua. Esta entrega supera a su predecesora en intensidad física: inspirada en el extremismo francés, no busca únicamente asustar, sino someter al espectador a una experiencia de tensión permanente que vale la pena vivir.