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La Odisea

¿Importa más el viaje que llegar al destino?

2026 Acción épica

Christopher Nolan convierte La odisea de Homero en un espectáculo épico de dimensiones colosales y, al mismo tiempo, en una de las adaptaciones más libres de su filmografía. El resultado es una película fascinante desde el punto de vista técnico, absorbente durante gran parte de su extensa duración, pero irregular en la construcción de sus personajes y en la resolución emocional de su historia.

La narración reconstruye el destino de Odiseo a través de los relatos de quienes se cruzaron en su camino durante su largo viaje. Mientras tanto, Telémaco emprende la búsqueda de su padre y Penélope resiste el asedio de los pretendientes que ansían reemplazar a Odiseo y apoderarse del trono de Ítaca. Al mismo tiempo, el héroe permanece cautivo en la isla de Calipso. Desde ese presente suspendido evoca sus aventuras para recuperar la memoria y encontrar el camino de regreso a casa. Nolan entrelaza estas tres líneas dramáticas con notable fluidez, aunque nunca pierde de vista que el verdadero corazón de la película son las aventuras de Odiseo, alrededor de las cuales gravita todo el relato. .

Odiseo funciona también como narrador, guiando al espectador entre el pasado, el presente y una memoria fragmentada por la guerra. Gran parte del mérito recae en Jennifer Lame, montajista habitual de Nolan, quien sostiene con precisión una estructura construida sobre flashbacks, raccontos, sueños y visiones. No es la primera vez que el director apuesta por una narrativa fragmentada —Memento sigue siendo su mayor experimento formal—, pero aquí el desafío consiste en mantener siempre visible la línea dramática principal, haciendo que las tramas paralelas la enriquezcan sin caer en las digresiones propias de la literatura.

El montaje alcanza su mayor virtuosismo en las secuencias marítimas. El mar embravecido, el viento, la lluvia, los remos golpeando el agua, los barcos partiéndose en dos y los cuerpos luchando por sobrevivir construyen una experiencia física de enorme intensidad. Ese realismo es fruto del trabajo del director de fotografía Hoyte van Hoytema y de un equipo técnico que pasó cuatro meses rodando en las costas de Grecia e Italia. Jennifer Lame logró ensamblar todo ese material y convertirlo en una de las secuencias marítimas más impactantes del momento.

Sin embargo, ese mismo montaje termina evidenciando los problemas del guion. Nolan elimina episodios esenciales de la obra de Homero para privilegiar los ciclos de aventura de Odiseo antes de su llegada a Ítaca y debilita el acto final.

Después de dedicar casi todo el metraje a construir el anhelo de Odiseo por recuperar la memoria y reencontrarse con Penélope, el tercer acto se precipita de manera desconcertante. El tramo final del viaje se resuelve en apenas unos minutos y el esperado reencuentro carece de la intensidad emocional que veinte años de separación prometían. A partir de ese momento, los conflictos comienzan a resolverse con excesiva facilidad, mientras los personajes pierden densidad dramática y peso emocional.

Los diálogos también presentan altibajos. En algunos momentos alcanzan una dimensión poética cercana al espíritu de la obra; en otros recurren a expresiones demasiado contemporáneas que rompen con la magia épica. En casos extremos, los personajes verbalizan innecesariamente lo que la imagen ya expresa.

Gracias a la producción de Emma Thomas, la película reúne un reparto pluricultural que refuerza el carácter universal del relato de Homero. Sin embargo, la dirección de actores resulta desigual. Tom Holland interpreta a un Telémaco con escasos recursos dramáticos y contrastes, mientras que Robert Pattinson compone un personaje excesivamente histriónico que, especialmente en el enfrentamiento final con Odiseo, rompe la verosimilitud y acerca la secuencia a un tono casi circense. 

Uno de los puntos más débiles del cine de Nolan sigue siendo la construcción de sus personajes femeninos. Penélope permanece restringida a una sola locación prácticamente inmóvil durante veinte años, a la espera de su hombre. Calipso queda reducida al estereotipo de la amante incapaz de dejar ir al hombre que ama. Atenea funciona más como una proyección de la conciencia del hombre y no como la poderosa deidad que transmite el poema. Solo Circe consigue escapar de esa simplificación. La actriz Samantha Morton ofrece una interpretación extraordinaria, transitando con naturalidad entre la vulnerabilidad, la serenidad, la lucha y la amenaza. 

El diseño sonoro merece una mención aparte. Durante la secuencia de las sirenas, cuando los marineros navegan con los oídos sellados con cera, Nolan recupera un recurso que ya había explorado en Oppenheimer: así como tras la detonación de la bomba el sonido desaparecía para sumergir al espectador en la experiencia subjetiva del protagonista, aquí el canto de las sirenas se silencia por completo. Escuchamos exactamente lo mismo que los navegantes con los oídos cubiertos de cera, convirtiendo la secuencia en una experiencia profundamente inmersiva.

Paradójicamente, la música de Ludwig Göransson, pese a acompañar con eficacia el ritmo de la narración, carece de una identidad sobresaliente. En el cine de Nolan, la música ha sido tradicionalmente el motor que acelera el ritmo y sostiene las escenas más contemplativas o de mayor duración. Basta recordar Dunkerque, donde la partitura era prácticamente la protagonista y gran parte de la tensión dependía de ella. En La odisea, en cambio, la música es irregular, por momentos se diluye entre el resto de los elementos sonoros y en otros se limita a intensificar la acción y la tensión, rara vez intenta dejar huella propia.

Una de las escenas que más disfruté como amante del cine de terror es el enfrentamiento con el Cíclope, sobre todo porque le da más crudeza y realismo al usar efectos prácticos, animatrónicos y maquillaje con una puesta en escena inspirada en Saturno devorando a su hijo, de Francisco de Goya. Así pues el verdadero horror no reside en la apariencia del monstruo, sino en la absoluta indiferencia hacia la vida humana: devora personas con la misma naturalidad con la que un hombre sacrifica un animal. Una inquietante metáfora de la forma en que la violencia se integra y normaliza en nuestra sociedad actual.

Más allá de monstruos, dioses y criaturas mitológicas, La odisea habla de un conflicto profundamente humano. El verdadero enemigo de Odiseo nunca son el Cíclope, las sirenas, Circe sino el peso de sus acciones. La guerra lo transforma para siempre y cuando intenta regresar a casa comprende que no podrá recuperar el tiempo perdido lejos de su familia y que las heridas del pasado permanecerán abiertas. La película deja una reflexión tan pesimista como vigente: después de siglos de odio, guerras y ambición, la humanidad sigue siendo la misma.

La odisea quizá no sea la película más lograda de Christopher Nolan. Sus problemas narrativos y la escasa profundidad de varios personajes le impiden alcanzar la grandeza de sus mejores obras. Pero incluso en sus imperfecciones confirma algo indiscutible: pocos cineastas contemporáneos poseen la capacidad de convertir obra literaria en una evento cinematográfica del año.