Nosferatu
Una fascinación visual incapaz de asustar
En el cine de terror contemporáneo, pocas figuras logran capturar nuestra atención como Robert Eggers, cuya maestría reside en la sutileza del horror. Como bien sabemos, Eggers se ha distinguido por su capacidad de sugerir más que mostrar, un enfoque que potencia la imaginación del espectador y, por ende, el miedo. En Nosferatu (2024), sigue esa misma línea al optar por no revelar inmediatamente al monstruo, confiando en que nuestra mente, al ver solo destellos de la criatura, lo llene con su propia versión del horror. Pero, ¿funciona esta vez?
Es cierto que la historia de Nosferatu tiene la vara muy alta, pues la versión de 1922 de Murnau ya es un clásico insuperable, y repetirla siempre será un desafío titánico. Sin embargo, sabíamos que estaba en manos de Eggers, quien con The Witch (2015) demostró su talento único para escribir historias de terror. Pero, en esta ocasión, la película no logra transmitir el miedo que uno esperaría de un proyecto que lleva su nombre. La voz del conde, que es un intento evidente de darle forma a una criatura sobrenatural, resulta más un recordatorio de que el director está consciente de que está intentando crear algo aterrador, pero el resultado final no cala. La atmósfera, aunque eficaz en ciertos momentos, no tiene la fuerza de sus anteriores trabajos.
Y es que, como dice el rumor, cuando empezó a trabajar en los estudios todo cambió. Ahora, trabajando con un presupuesto de 50 millones de dólares, Eggers parece perder algo de la esencia que lo hizo destacar con sus trabajos anteriores. En lugar de la atmósfera tensa y opresiva que nos cautivó, encontramos una historia que se aleja de ese terror cerebral y más emocional que lo caracteriza.
Además, el protagonista, una figura torpe e ingenua, resulta un riesgo innecesario en una película de terror. En los tiempos actuales, donde los personajes de terror requieren de cierta complejidad, esta torpeza resulta irónica y, en muchos casos, incluso molesta. El hecho de que un abogado firme un contrato sin leerlo, ¡y en un idioma que desconoce! se vuelve una fórmula cansada. Está claro que, al hacerlo, Eggers parece querer reflejar la posesión o la enfermedad, pero a lo largo del filme, este tipo de decisiones carece de sutileza y, al final, solo produce cringe. Es difícil conectar con un personaje que, por más que los demás lo digan, nunca llega a entender lo que está pasando. Un personaje tan perdido en su propia historia hace que el público se sienta desconectado y no logre empatizar con sus deseos y motivaciones.
En cuanto al tono de la película, Nosferatu se inclina más hacia la fantasía oscura que hacia el terror puro. Es un tipo de historia que no asusta tanto como te incomoda o te produce repulsión, lo cual, dicho sea de paso, también tiene su valor. El maquillaje, aunque impresionante y digno de una nominación al Oscar, a veces se siente más como un ejercicio visual que como un motor narrativo. No te perturba tanto como te asquea, y eso cambia el enfoque del miedo. No me sentí asustada, pero sí me sentí incómoda, lo cual también es una parte del terror.
Narrativamente, el guion de Nosferatu es otra de sus grandes debilidades. El exceso de diálogos sobreexplicativos le resta misterio a la historia. En lugar de confiar en las imágenes y en la atmósfera, Eggers recurre a diálogos innecesarios que aclaran más de lo que se debe. Como en todo cine de autor, uno puede permitirse jugar con la estructura, pero ¿hasta qué punto? Por ejemplo, el personaje del suizo lo introducen después de la mitad de la película y se presenta como el gran salvador de la ciudad, lo cual es una solución conveniente que no llega a resonar de forma significativa. Y luego están las tramas la del suizo, el conde, la esposa, y el protagonista torpe… ah, y no nos olvidemos del sirviente, que solo sirve para llevar al conde a su castillo y el amigo wow podrían haber funcionado mucho mejor en formato serie.
¿Qué sentido tiene, por ejemplo, el gato? ¿Qué papel cumple en la historia? Es un elemento tan irrelevante que ni siquiera tiene una función narrativa clara. (No me sorprendería que alguien del estudio aficionado a los gatos haya pedido que su gato saliera en pantalla). Sí, el gatito es lindo. En el cine todos quedaron felices de verlo, y bueno… ¿o la amiga embarazada? ¿Para qué tanto derroche de amor con el actor más sexy del momento, Aaron Taylor-Johnson, si no aporta nada al terror?
Al final, la historia se reduce a la condena de la sexualidad femenina, un tema ya trillado y forzado que no agrega mucho a la historia del cine, sobre todo si se trata de una historia inspirada en otras obras, más que una adaptación, Eggers tenía en sus manos el poder de reinventarse y acercarse más a la audiencia de hoy.
El personaje de la esposa, por otro lado, es plano en su totalidad. A lo largo de las más de dos horas de película, la vemos sufrir, y poco a poco, a medida que avanza la película y se van acomodando las otras historias, va soltando pistas de su pesar, pero no llegamos a empatizar con ella. Y bueno, aquí va lo peor de todo: no se siente el deseo entre el conde y la esposa, que era lo más increíble de la historia original, pero en esta nueva versión quedó eliminado. No quiero hacer spoilers ni profundizar más en esto. Ya ustedes me dirán.
Sin embargo, Nosferatu brilla en un aspecto fundamental: la fotografía. La obra de Blaschke, director de fotografía nominado al Oscar por The Lighthouse, es el alma de la película. En momentos de blanco y negro, con tintes monocromáticos, la paleta de colores azules crean una atmósfera de aislamiento y desolación, especialmente cuando el protagonista se dirige hacia el castillo del conde. Las antorchas en la posada se sienten como una verdadera fuente de calor en medio del frío, y la sensación de claustrofobia es palpable. La película también cuenta con un tramo en el que el silencio se convierte en protagonista, lo que solo subraya la potencia de las imágenes, sin necesidad de palabras. Además, el plano aberrante del bosque, cuando el protagonista se despierta confundido de su sueño, es una de las mejores representaciones visuales de la confusión mental que está experimentando y lo conduce a su declive.
En resumen, Nosferatu (2024) es un trabajo interesante pero con muchas fallas, sobre todo narrativas y estructurales. Si bien su fotografía, el arte, el vestuario, el maquillaje, el sonido y la música tienen que ser vista en el cine, la falta de profundidad emocional, la torpeza de los personajes y la ausencia de verdadero terror hacen que la película no logre alcanzar su potencial. Un proyecto que podría haber sido una reimaginación valiosa del clásico, pero que, en última instancia, no logra trascender.