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Emilia Pérez

Cuando la violencia se viste de musical

2024 Crimen Musical

La guerra contra el narcotráfico en México sigue siendo una de las principales fuentes de violencia y sufrimiento, con 100,000 desaparecidos y 200,000 asesinados. Y, en medio de esta cruda realidad, al guionista y director francés Jacques Audiard se le ocurre un musical. Emilia Pérez narra la historia de Manitas, un líder sanguinario de un cártel que, de manera arbitraria, decide cambiar de sexo y abandonar a su esposa e hijos para comenzar una nueva vida como mujer, libre de violencia.

En la primera hora, la abogada del diablo, que defiende a criminales y corruptos, se ve amenazada por Manitas, quien la manipula y compra con dinero para que busque un cirujano capaz de operar clandestinamente a un criminal. Encuentra a un cirujano en Israel que convierte a Manitas en Emilia. Pero, ¿puede una operación estética cambiar su naturaleza malsana?

Es en ese momento donde comienza la segunda parte de la película, con un giro dramático que parece el inicio de una nueva trama. Ahora, Emilia busca recuperar a sus hijos, aunque eso signifique regresar a las armas y enfrentarse a su exesposa. Y como toda película nominada al Oscar, los personajes están en busca de amor. Emilia se enamora de una mujer – tan violenta como ella – desafiando las concepciones tradicionales sobre la identidad de género y la sexualidad.

Es más fácil entrar a la historia a través del personaje de la abogada, a pesar de no atravesar ninguna transformación, es capaz de llevar la historia hasta el final. Es ella quien anima a Emilia a ayudar a las madres a encontrar a los hijos que Manitas mató, lo que genera un nuevo giro narrativo irónico: ex-Manitas se convierte en una deidad, la «Santa Emilia», venerada por las víctimas de sus propios crímenes.

Por eso, el guion se siente como varias películas en una. Con más de dos horas de duración, bien podría haber sido concebido como una saga escrita por un extranjero que, con mayor respeto y sensibilidad, conectara mejor con su público directo. Un guion que no solo busque un interés personal o comercial, sino que proponga una reflexión sana y responsable al tratar una realidad ajena a la suya.

Sin embargo, el filme brilla con su arriesgada propuesta visual, que fusiona géneros que solo el musical lo permite de manera natural. La fotografía combina la brutalidad del contexto con la estética de las coreografías como la del hospital o la cena de corruptos donde la cámara se mueven sin cesar, evocando los musicales de la era dorada de Hollywood, como las de Busby Berkeley. Estas tomas aéreas y planos cenitales aportan una extravagancia visual inusual en un contexto tan oscuro, destacando la originalidad del enfoque de la película, que se rodó en set en lugar de en locaciones reales, algo atípico en Audiard.

Los primeros planos intensifican el drama psicológico de los personajes, permitiendo que sus conflictos internos se hagan más palpables. La cámara, dinámica y subjetiva, genera tensión en momentos clave, como cuando sigue el recorrido de una bolsa transportada por bicicleta, capturando la atención del público sin cortes. Los detalles de sonido logran transmitir la violencia a través de una especie de música creada por las armas, pero el abuso del fundido a negro diluye la tensión narrativa.

El final busca un cierre espectacular, digno de una película de acción hollywoodense, con explosiones y una resolución donde todos mueren, y con ellos todos los problemas se van de porrazo, una estrategia narrativa que se recurre cuando la estructura argumental no permite una conclusión más compleja o profunda en términos de guion.

En resumen, Emilia Pérez, a pesar de ser visualmente atractiva, resulta emocionalmente vacía. Acusada de transfobia y racismo, y aunque aclamada por la crítica en Hollywood con 13 nominaciones al Oscar, ya se siente como la gran perdedora.