Wicked 2
El espectáculo de la falsedad
Hay películas que fracasan por exceso de ambición. Wicked 2 fracasa por algo más elemental: por no creer en nada de lo que declara. Su universo emocional —la amistad, el amor, el heroísmo, incluso la llamada “maldad”— está construido sobre simulacros. Es una arquitectura luminosa levantada sobre cimientos huecos.
La amistad entre Glinda y Elphaba jamás existe más allá de lo enunciado. Se invoca, se canta, se subraya, pero nunca se encarna en acciones coherentes. El guion, sobrescrito y ansioso por justificarse, las obliga a traicionarse, herirse y reencontrarse sin que medie un proceso emocional reconocible. Una amistad sin alma, que pretende sostenerse solo con la idea de sí misma.Y para el público latino, habituado a vínculos intensos, contradictorios, pero profundamente sentidos, esta superficialidad no solo incomoda: deshumaniza.
El triángulo amoroso —que aspira a melodrama y apenas alcanza caricatura— reproduce un amor que no ama. Un príncipe sin voluntad, una heroína que huye con él sin lógica emocional, una Glinda que “supera” la traición en dos escenas. Aquí el amor no es sentimiento: es trámite. Todo ocurre porque la estructura lo exige, no porque los personajes lo creen.
Elphaba, convertida en “bruja mala” por puro malentendido político, encarna el otro gran vacío: la película intenta hablar de propaganda, miedo y manipulación, pero lo hace desde la ingenuidad absoluta. Oz es una población sin criterio, sin cuestionamiento, sin pensamiento propio. El film pide que creamos en un pueblo engañado… mientras nos trata como ese mismo pueblo. Una narrativa diseñada para espectadores con tolerancia cero a la complejidad.
Ni las canciones —antes corazón del relato— logran insuflar vida a esta maquinaria emocionalmente vacía. Wicked 2 habla de amor, de sacrificio, de lealtad, pero no siente ninguna de esas palabras. Todo es fachada. Y lo más inquietante es que la película parece convencida de que no lo notaremos.
Sin proponérselo, Wicked 2 se vuelve espejo cultural: reproduce la retórica estadounidense contemporánea, esa que promete paz mientras bombardea, que invoca valores mientras alimenta el miedo. Su narrativa tiene la dramaturgia de la política reciente: brillante por fuera, contradictoria hasta la médula. En su afán por deslumbrar, la película termina revelando aquello que intenta ocultar: un vacío moral recubierto de espectáculo. Una verdad incómoda disfrazada de musical.