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Backrooms

El largo camino a… ninguna parte 

2026 Horrow Scifi

La historia detrás de Backrooms es más interesante que la película misma. Todo comenzó con una fotografía perdida en internet: una oficina vacía iluminada por fluorescentes, sin personas, sin contexto y sin explicación. Como suele ocurrir en la era digital, la imaginación colectiva hizo el resto. Lo inquietante no era la imagen, sino lo que parecía esconder fuera del encuadre. De esa ausencia nació una mitología de pasillos interminables, oficinas abandonadas y habitaciones que parecían existir en una dimensión paralela.

El problema es que Backrooms confunde curiosidad con terror.

Los espacios funcionan como concepto visual. Son extraños, hipnóticos y a ratos fascinantes. Pero una buena idea estética no equivale automáticamente a una buena película de terror. El miedo depende de la tensión, del ritmo, del encuadre, del sonido y de la constante sensación de amenaza. Aquí, en cambio, la película pasa demasiado tiempo contemplando sus propios pasillos vacíos esperando que el espectador haga el trabajo que el guion no consigue.

La paradoja es evidente. Los cortos originales creados por Kane Parsons funcionaban precisamente porque duraban poco: Llegaban, inquietaban y desaparecían. Un largometraje exige algo más que una atmósfera inquietante. Exige giros dramáticos, estructuras complejas, personajes interesantes, descubrimientos y una progresión dramática capaz de sostener más de cien minutos de metraje.

Gran parte del interés mediático alrededor de Backrooms proviene precisamente de ese salto. Parsons pasó de ser un adolescente que filmaba videos para YouTube a dirigir una producción respaldada por Hollywood y asociada al nombre de James Wan. Es una historia que encaja perfectamente con la época: la industria buscando talento en internet y las fronteras entre creador de contenido y cineasta profesional volviéndose cada vez más difusas. En muchos sentidos, esa es la verdadera película. 

Backrooms sigue a un vendedor atrapado en una vida tan vacía como los espacios que obsesionan la trama. Sus sesiones de terapia, marcadas por un matrimonio fallido, alcoholismo y frustración existencial, buscan darle profundidad psicológica al relato. El problema es que mientras el espectador espera respuestas sobre los Backrooms, la película insiste en conflictos cotidianos que jamás alcanzan el peso dramático que pretende. 

Tampoco ayuda que la narrativa parezca poco interesada en desarrollar sus propias preguntas. ¿Qué son los Backrooms? ¿De dónde vienen? ¿Por qué existen? La película insinúa investigaciones y descubrimientos, pero evita profundizar en ellos. La ambigüedad puede ser una herramienta poderosa en el terror. Aquí se siente más como una ausencia de ideas que como una decisión creativa.

Las secuencias de found footage también evidencian las limitaciones del proyecto. Los personajes siguen filmando incluso cuando el peligro parece inminente. La cámara deja de ser una herramienta narrativa para convertirse en una obligación mecánica del formato. Cuando nadie parece dispuesto a abandonar el registro visual para salvar su vida, la amenaza pierde credibilidad.

Y cuando finalmente aparece aquello que debería justificar tanta espera, la recompensa resulta decepcionante. La criatura central carece de la presencia necesaria para sostener la tensión acumulada. Los diseños remiten más a la estética de creepypastas y leyendas urbanas de internet que a una auténtica pesadilla cinematográfica.

Quizá por eso Backrooms funciona mejor como fenómeno cultural que como película de terror. Representa el encuentro entre una generación de creadores nacidos en YouTube y una industria desesperada por encontrar nuevas voces. Como experimento industrial es fascinante. Como película, mucho menos.Porque al final, Backrooms demuestra algo que Hollywood parece olvidar con frecuencia: una gran idea puede inspirar un video viral, una comunidad online e incluso una mitología digital. Quizá el verdadero terror de Backrooms no sea perderse en sus corredores infinitos, sino descubrir que, después de recorrerlos durante tanto tiempo, no había mucho que encontrar al final.