Una batalla tras otra
Anatomía de un país al borde del colapso
En One Battle After Another, Paul Thomas Anderson intenta convertir la distopía política en espectáculo taquillero. Inspirada libremente en Vineland de Thomas Pynchon, la película más cara de su carrera (170 millones de dólares) llega con ímpetu subversivo contra las políticas migratorias de Trump, pero su arranque en taquilla —apenas 48.5 millones— confirma lo difícil que es vender un retrato amargo de Estados Unidos como si fuera Top Gun.
El mundo que plantea Anderson es devastador y reconocible: un país sin libertades, donde encarcelan a la prensa, los esclavistas actúan impunemente y la resistencia —los “French 75”— bombardea ciudades para recordar que aún queda algo de dignidad. Aquí no ondean la bandera estadounidense con orgullo: la nación aparece como un espejo incómodo de violencia estatal y supremacía blanca radical.
La trama sigue a Bob (Leonardo DiCaprio), un ex revolucionario, padre vicioso y errático, que por su propia naturaleza difícilmente conecta con la audiencia. Obligado a buscar a su hija desaparecida, Willa (Chase Infinity), en medio del caos, encarna a un personaje concebido por Pynchon como problemático y contradictorio. Anderson intenta suavizarlo con gags y bromas locales que alivian algunos momentos de tensión y ayudan a catapultar las subtramas, pero al mismo tiempo reducen a Bob a una caricatura ya conocida: la repetición de los mismos tics y excesos que explotó DiCaprio en El lobo de Wall Street. Conclusión: nada nuevo para Anderson, solo un protagonista reciclado.
En contraste, la madre de Willa, Perfidia (Teyana Taylor), otra militante radical, brilla en una aparición breve, pero magnética. Es ella quien aporta el verdadero pulso emocional: marcada por la depresión posparto y los celos hacia su propia hija, detona la tragedia al perseguir su sueño mayor, hacer del mundo un lugar mejor. Su ausencia es como espectro que timonea la trama de inicio a fin.
El verdadero imán del filme es Sean Penn como Lockjaw, un supremacista blanco hipnótico y detestable. Con una caracterización física impecable y un lenguaje corporal inquietante, Penn firma su mejor trabajo en quince años, y su abrupto desenlace te deja sin aliento.
Visualmente, la película oscila entre lo íntimo y lo espectacular. Anderson abusa de los planos cerrados, confiando en gestos y miradas, pero cuando abre la cámara el espectáculo estalla en IMAX: persecuciones automovilísticas, un clímax de veinte minutos en carretera y un prólogo vertiginoso donde los bandos se enfrentan sin respiro. Todo ello sostenido por la partitura abrasiva de Jonny Greenwood, que, inspirado en la densidad atonal de Penderecki, la fusiona con un jazz moderno que acompaña la narrativa y se impone sobre la imagen.
Narrativamente, Anderson coquetea con el coralismo de Magnolia, aunque sin alcanzar su densidad. Aparecen ex revolucionarios, incluido el sensei interpretado por el sólido Benicio del Toro —que rara vez decepciona—, además de policías y militantes; sin embargo, el relato se centra en Bob y Lockjaw. Las subtramas aportan matices, pero carecen del mismo peso dramático, y el guion tropieza con deus ex machina típicos de blockbuster y revelaciones anecdóticas que no cumplen función narrativa real.
One Battle After Another se presenta como un retrato imprescindible de un país individualista que da la espalda al mundo, donde la violencia se filtra en cada rincón y los derechos humanos son aplastados a diario por el extremismo de ultraderecha radical instalado en el gobierno. De cara al Oscar, la película despliega su carta política en un mundo marcado por el trumpismo. Anderson no ofrece una epopeya coral, sino la confesión de un país que ha perdido la capacidad de reconocerse a sí mismo.