Bodycam
Descenso al infierno en tiempo real
En el terror hay películas que necesitan una historia sólida para sostenerse, y hay otras —como Bodycam— que entienden que, en el terror contemporáneo, la forma y la duración también hacer que el género funcione.
Aquí, dos policías antihéroes responden a una llamada de alerta por violencia doméstica y terminan descendiendo al infierno infestado de zombis a causa del fentanilo.
Es un buen punto de partida del terror, pero lo que realmente importa no es lo que pasa, sino lo que «la caméra stylo» -al estilo documental- nos deja ver.
Es una gran idea: usar policías -que por defecto ya llevan cámaras- como dispositivos narrativos para filmar lo que nadie pidió ver. ¿Cómo no se le ocurrió antes a alguien? La cámara registra, vigila, documenta, pero también se convierte en una trampa. Ya no protege: expone. Es, en cierto modo, el gran villano, el dispositivo que empuja a los personajes hacia su declive. Todo ocurre como si estuviéramos atrapados dentro de una pesadilla registrada en tiempo real.
Narrativamente, Bodycam no tiene mucho que ofrecer. La historia avanza como puede, improvisando sentido sobre la marcha, sin preocuparse demasiado por la coherencia o la profundidad de sus acciones. Pero, paradójicamente, eso no importa. Su brevedad —apenas poco más de 70 minutos— es su mayor virtud: elimina cualquier hartazgo narrativo y nos arroja a una vorágine de tensión constante que no permite apartar la mirada. Y ahí radica su fuerza: te compromete desde el primer segundo con una experiencia que, a medida que avanza, también va perdiendo el sentido.
El resultado es una experiencia más que una película. Un ejercicio de estilo que, aunque tambalea en lo narrativo, se sostiene por su intensidad. Bodycam no busca contar, sino atrapar: ahí radica su verdadero poder.